Podemos incorporarlos a través de los cereales, las frutas y las verduras. Un especialista en nutrición explica la diferencia con los productos industrializados.

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22/01/2019

Por Guillermo Lobo

A veces pareciera que decir hidratos de carbono es pronunciar una mala palabra. La representación equivale a una mesa llena de harinas, pastas, pan, pizza y facturas, lo que demoniza el concepto y lo califica como negativo. Sin embargo, estos no son los únicos alimentos que los contienen: están presentes en la mayor parte de las hortalizas, en las frutas, en la leche y en los cereales, entre otros. Entonces, ¿qué podemos hacer?

“Químicamente, los hidratos de carbono son compuestos formados por carbono, oxígeno e hidrógeno. El organismo los necesita para tener energía” explicó a ConBienestar el licenciado en Nutrición Matías Marchetti (MN 7210). Entonces, ¿es lo mismo comer un pedazo de pan que una papa? Por supuesto que no y ahora veremos por qué.

Hay que dividir a los carbohidratos en industrializados –como las harinas y sus derivados– y naturales.

Los segundos serán, por ejemplo, la fibra, el almidón y los azúcares, presentes en frutas, verduras y cereales. La diferencia entre uno y otro radica, fundamentalmente, en la velocidad a la que se absorben”, detalló el especialista.

Esto es así porque los hidratos industrializados están diseñados para ser rápidamente incorporados por el cuerpo: son una fuente de energía inmediata y no generan saciedad, por lo que comemos sin control; en este sentido, no tendremos una carencia si prescindimos de ellos, ya que los ingerimos por placer. Los naturales, por su parte, se absorben con mayor lentitud, lo que nos sacia hasta llegar a la próxima comida (evitando esa “adicción” que provocan las harinas) “Por ejemplo, la fibra es un tipo hidrato de carbono que no se puede digerir, por lo que no aporta las calorías ni tiene el impacto de un pan industrializado, donde la absorción del almidón está potenciada”, añadió el nutricionista.

De todas formas, la clave para su consumo radica en el uso que le demos. Esto significa que deberemos observar nuestro gasto calórico diario para no comer de más.

En la alimentación nada es bueno ni malo, la clave está en la cantidad.

Es matemática: si en un almuerzo ingerimos un plato de pastas abundante, que tiene unas 400 a 500 calorías, pero en las dos horas siguientes solo gastamos 100, nos sobran entre 300 y 400, que además de darnos sueño se transformarán en tejido adiposo”, advirtió Marchetti.

(O sea, mi famosa frase: Si sobra, aunque sea sano, se guarda)

¿Y cómo sabemos esto? Haciendo la consulta con un profesional de la nutrición. “A no ser que nos interioricemos bien en el tema, es bueno que un nutricionista nos aconseje, de acuerdo a nuestro ritmo de vida, las dosis de nutrientes que necesitamos”, continuó el experto. De todas formas, señaló que los hábitos alimenticios, en general, deberían componerse de un 70 u 80% de cosas que necesitamos y el resto es el margen de flexibilidad que tenemos para darnos, de vez en cuando, algunos gustos. Lo importante, entonces, es que exista un balance entre lo que comemos y lo que quemamos, para que no se transforme en grasa.

 

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