Con el boom de las pantallas, la tecnología se transformó en una aliada para lograr un estilo de vida saludable. Así como cada vez son más los wearables que nos permiten conocer nuestros parámetros de salud, también hay un batallón de aplicaciones que nos ayudan a perfeccionar las dietas que hacemos.

¡Y estos meses de aislamiento nos hicieron perderle el miedo a las consultas online!

Si tu corazconcito está del lado de la tecnología, tal vez te identifiques con esta lista:

🤜 Compraste un Smartwatch que tiene el podómetro para medir tus pasos diarios y calcula las calorías que quemaste al correr o caminar.

🤜 Ya eres un@ expert@ en recorrer las góndolas del supermercado escaneando el código de barras de los productos y hacer su análisis nutricional.

🤜 Tienes todas las apps de recetas saludables, controladas en calorías y clasificando los alimentos de acuerdo a su contenido en grasas, azúcares y sal.

Para pensar…

Y es que, como lo hizo en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, la tecnología también se puso al servicio de la nutrición. Y si bien podía parecer una moda pasajera, estos meses de cuarentena hicieron que el modo online se transformara en una herramienta valiosísima que llegó para quedarse 🥳

El smartphone, la compu o la tablet pasaron a ser nuestras grandes ventanas al mundo, desde donde podemos empoderarnos con la información que tenemos al alcance de la mano (siempre chequeando su rigurosidad científica) hasta hacer consultas online con nuestro médico de cabecera.

¡Una nueva forma de encontrarnos en el camino hacia un cambio de vida!

Yo creo que el mejor equilibrio es aprovechar la tecnología con sus dos caras: el profesional, aunque sea en modo pantalla, y la app.

¿Por qué? Porque muchos gadgets pueden ser engañosos a la hora de hacer una autoevaluación.

Como siempre, la moneda tiene sus dos caras y hay que saber leerlas. Claro que estas herramientas pueden ayudarnos a aprender, a comprometernos aún más con nuestros objetivos y a convertirnos en consumidores responsables. Pero, a su vez, tienen que ser certeras, fidedignas. En este aspecto es interesante el trabajo que hace la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), una asociación española que está alertando constantemente sobre algunos fallos en los que incurren las aplicaciones.

Por ejemplo, la falta de información o la publicación de información errónea, como valorar los aromas como aditivos, o catalogar alimentos como “saludables” cuando tienen una gran cantidad de azúcares. O sea, no se trata solamente de averiguar si un alimento tiene tantas calorías, sino saber interpretar eso que estamos leyendo en nuestro dispositivo.

¿Las apps como pymes?

¿Qué quiero decir? Sobre todo en los tiempos que corren, las aplicaciones pueden transformarse en una especie de compañía, que alguien puede encontrar un plus y romper con la idea de seguir un plan en soledad. La aplicación puede venir a ocupar ese lugar que queda vacante cuando no compartís el plan o la  actividad física con alguien de tu grupo de pertenencia. De esta manera, la aplicación puede generarnos cierta identificación y motivarnos a ir un poco más allá de nuestra fuerza de voluntad.

En definitiva, las aplicaciones serán buenas o malas dependiendo del uso que hagamos de ellas. Y de nuestros deseos y necesidades. Por fuera de eso, no son ni más ni menos que herramientas complementarias a nuestra planificación inteligente. Pensémoslas como si fueran un martillo: te podés romper un dedo o te puede servir para construir algo lindo, superador. Todo depende del trabajo previo y la maduración que tengamos con la alimentación o la ejercitación que estemos llevando a cabo. ¡A hacernos responsables!