Conocé las claves y los “peros” de este boom

 

En la última semana leíste tres o cuatro posteos en IG sobre alimentación y en todos te topaste con la misma palabra: sustentabilidad. Funciona fuerte el hashtag, ¿no? No es ninguna novedad que en la actualidad nos bombardeen con conceptos que suenan bien. Pero dejame contarte de qué se trata esta movida (que pisó tan fuerte que hasta la ONU designó al 18 de junio como el Día de la Gastronomía Sostenible).

 

La alimentación sustentable defiende una buena causa: que el modo de producción y consumo de los alimentos no perjudique al medio ambiente. Si bien es una cruzada con muchos seguidores entre la comunidad vegetariana y vegana, lo cierto es que cada vez se suman más y más adeptos, porque el foco no está solo en los vegetales y las frutas, sino en todos los alimentos.

¿Cuáles se priorizan? Los orgánicos o agroecológicos, que sean de estación, que estén producidos cerca del lugar donde los compramos y que formen parte de una cadena de comercialización justa. El debate también se extiende a los envases, promoviendo aquellos que puedan ser reciclados o reutilizados. En resumen, un combo que contempla toda la trazabilidad de lo que comemos y al que, en muchos lugares del mundo, se sumaron las voces de los chef más prestigiosos.

 

La movida está buenísima, pero (siempre hay un pero…) también está muy acotada a un grupo o sector socioeconómico. Como muchas otras cosas que en su origen son destacables, tienen su daño colateral: terminan siendo utilizadas con fines económicos. ¿Por qué sucede esto? Porque se necesitan certificaciones muy costosas, que –obvio– impactan en el precio final del producto. Por lo tanto, si tus cuentas están en rojo y no podés comprarte el famoso pollo orgánico, ¿te tenés que hacer el harakiri? No, para nada. Lo que yo te sugiero es que consumas el pollo de siempre, porque, a nivel nutricional, no hay tantas diferencias entre uno y otro. Es cierto que el orgánico puede resultar menos dañino, pero no porque varíen sustancialmente sus nutrientes, sino porque lo hace el nivel de químicos utilizados en su cadena de producción.

 

Por eso no promuevo esto de “comamos orgánicos o nada”, ya que la imposibilidad de sumarlos a tu plan no puede ser excusa para no mantenerte enfocado. Ah, y algo más: que el alimento esté certificado como orgánico no significa sí o sí que esté libre de pesticidas. Probablemente, se hayan utilizado otro tipo de agroquímicos que sí están avalados. O sea, tampoco es que lo cosechamos en nuestra propia huerta.

Ahora… si te sedujo esta tendencia pero andás flojo de bolsillo, te tengo una buena nueva: podés practicarla en casa sin dejar morir el sueldo en el intento.

 

Una de las técnicas que promueve la alimentación sustentable es el trashcooking, que es otra de esas palabras que suenan lindo, pero que –como suele suceder– es algo que ya nos decían nuestras madres y abuelas: “Nene, esto es lo que hay” o “Nene, hoy comemos buñuelos del arroz que sobró ayer”. Algunos profesionales también la denominan “cocina de aprovechamiento”, que se traduce en reutilizar las sobras. No solo de la noche anterior, sino todas aquellas partes de los alimentos que solemos desechar.

 

¿Cómo podés buscarle la vuelta? Planificando el menú semanal para no comprar de más, porcionando frutas y verduras para congelarlas antes de que se descompongan y buscando recetas que te permitan una utilización total del producto. ¡Podés hacer tanto con cáscaras o tallos! ¿O (vamos…) nunca tiraste las hojas de la remolacha o las semillas del zapallo?

Todo se reinventa. Y la alimentación no es la excepción a la regla. Si este boom llegó para quedarse, no lo sabemos. Pero sí podemos descubrir si vibrás ­–o no– con él. ¿Cómo lo ves?