Las fechas como San Valentín son un buen momento para parar la pelota y repensar algunos mandatos culturales 🤔 ¿Somos seres humanos con un motivo para celebrar o autómatas que consumen de acuerdo al calendario? 🤔

Imaginate esto: estás list@ y arreglad@ para pasar el mejor 14 de febrero, llegás temprano a ese restaurante que te recomedaron y que te sacará lo que te sobra del mes… y te das cuenta que no hay ni una silla disponible, ni en ningún restaurante de la ciudad y las veredas explotan de parejas esperando una mesa. No vaya ser cosa que no salgan a celebrar su amor con el plato más calórico disponible en los menús de moda.

Si frenásemos por un segundo y nos miráramos con la perspectiva de quien mira desde afuera, seguramente nos identificaríamos como hormiguitas que van tras el dulce del marketing, en lugar de como personas con ganas reales de brindar por el amor. Algo que, en rigor, debemos celebrar todos los días.

Esta fecha, como muchas otras, el mercado cultural no solo te impone que hagas regalos costosos, que inviertas en hoteles, en salidas, en sorpresas… sino que corones la noche comiendo y bebiendo. Si es en exceso, mejor. Lo mismo sucede con las recetas calóricas que se promueven para el 25 de mayo tras la careta de las tradiciones, o con las mesas ultraelaboradas que servimos en Navidad o Año Nuevo haciendo culto de la gastronomía que en los países nórdicos consumen con cinco grados bajo cero.

Ahora, te pregunto: ¿realmente salís a disfrutar con tu pareja o aprovechás esta fecha para mandártela sin culpa? ¿No tenés todos los meses, o inclusive, todos los fines de semana, motivos para celebrar… como la vida, los amigos, la familia? ¿Pensaste que hay otras formas de festejar en las que la superabundancia de comida no esté en el centro de la escena?

Tenemos que desenamorarnos (nunca mejor utilizado) del concepto de que hay que consumir para ser feliz; de que hay que regalar una caja de chocolates, un cupcake teñido de colorado o una bolsa de confites ñoños con forma de corazón. Hay muchísimas  formas creativas de homenajear a quien tenemos al lado sin obligarlo a correrse de lo que se viene proponiendo, de lo que le hace bien, de lo que lo mantiene enfocado.

Conectémonos con nuestras verdaderas ganas de celebrar, con sus cómos y sus porqués, y dejemos de lado la forma en que festejan las masas. Busquemos la forma de agradecer el amor con experiencias, recuerdos, lindos momentos. Desnaturalicemos el mandato, lo que debería ser, lo que se nos impone desde los medios, la sociedad y el merchandising de la pasión.

Te propongo que en este San Valentín pienses, de verdad, qué tenés para festejar, con quién y cómo querés hacerlo. La comida puede estar en el plan, por supuesto, pero podés elegir una salida que no te ubique en un lugar de excesos, organizar una cena especial hecha con tus propias manos, brindar sin alcohol y ¡que la dulzura la ponga el amooooooor!

Antes de dejarte organizando tu velada especial, la que vos quieras, como más te guste (o ninguna), te pregunto algo más: ¿Sabés quién fue San Valentín? Un mártir. Un cura que fue decapitado por romper un mandato, por casar soldados en secreto cuando el emperador de Roma lo había prohibido por ser el amor un sentimiento incompatible con la carrera de las armas.

¿Qué tal si intentamos ser más como él y menos como el cuentito que nos vendió el marketing durante los siguientes dos mil años? Para pensar…

Rompamos filas, desterremos las tradiciones que no nos representan, corrámonos del montón y marquemos una diferencia. Que al amor, después de todo, hay que celebrarlo sin ataduras…

 

PARA PENSAR 🤔