Te imaginás estar en mi consultorio, me preguntes qué podés desayunar y te dijera: Me  copa el tsukemono para incorporarlo 😨.

Estoy seguro que pensarás “Che, Mati… ¿todo bien? No pareces vos” y acto seguido vas a googlear “¿qué es tsukemono?”, para descubrir que es una suerte de pickle que los japoneses comen cada mañana. Sí, hay vida más allá de la tostada con queso untable, aunque a vos los pepinos encurtidos solo te remitan al topping de una hamburguesa.

¿Qué te quiero decir con esto? Que es hora de que empieces a cuestionar tu nutrición, también, desde el punto de vista cultural. Estamos formateados para consumir lo preestablecido según la zona del mapa en la que hayamos nacido, aunque biológicamente estemos diseñados como seres omnívoros que pueden comer cuanta variedad les permita su imaginación.

Cuando descubras la vertiente enorme de posibilidades que esa apertura mental puede significar en tu planificación de comidas, vas a enamorarte definitivamente de la idea de empezar a comer distinto.

Te propongo una idea, y es que des un primer paso con los desayunos.

Rompé estructuras, buscá recetas del mundo

 

y enterate, por ejemplo, de que los catalanes empiezan el día con un pa amb tomàquet: un pan frotado con ajo, al que le agregan tomate fresco, aceite de oliva y pimienta molida. O que en Canadá hay tantas versiones de pancakes como familias y que en Islandia se cargan de energía con el hafragrautur,  una avena tibia con leche a la que le suelen agregar frutos secos.

Hay desayunos salados, dulces, más y menos calóricos… y, sobre todo, hay muchos que en nuestros pagos consideraríamos un almuerzo: el famoso full breakfast inglés incluye distintos tipos de panes, huevos, salchicha, alubias y panceta. En Colombia preparan arepas con plátanos maduros, frijoles con arroz y, en algunas regiones, la changua andina, una sopa de leche, huevos y cilantro. Así hay infinidad de ejemplos alrededor del globo terráqueo: tostadas con salmón, tablas de quesos, carnes guisadas… y la lista sigue…

Con solo abrir la puerta a otras culturas vas a descubrir que a todas, de una u otra forma, les funcionan sus desayunos; y vas a poder tomar de ellos lo que mejor se adapte a tus gustos, para irte corriendo de a poco de las tres o cuatro opciones que (con suerte) se te ocurren para tu primer comida del día.

Si podés inspirarte en las sociedades más saludables, mejor aún. Por ejemplo, los japoneses (los de los pickles matutinos) son una de las poblaciones más longevas y con menor índice de obesidad en el mundo. Y aunque tu primer instinto sea escaparte de la idea de comer un caldo de pescado o porotos de soja a las 7 AM, podés empezar a abrir la cabeza. Todos somos animales de costumbre.

Es hora de que empecemos a cuestionarnos si lo que consideramos habitual es nuestra única alternativa.

Te invito a romper con los formatos que nos atan y darnos la posibilidad de planificar nuestra nutrición con más apertura.

Y eso no es solo pisar una palta sobre un pan integral (que como el avocado toast se puso de moda ya estamos empezando a verlo como algo más habitual), sino ir más allá y generar tus propias recetas, con los ingredientes que más te gusten y que más necesite tu organismo.

Ojo, siempre bien enfocad@ y con la mente puesta en tu plan de alimentación adaptado a tus objetivos, porque es probable que tu requerimiento calórico no sea el mismo que el de ese personal trainer estadounidense que seguís en Instagram, ni el de un influencer nórdico que camina al trabajo por las calles nevadas de Oslo. 

Cuestioná tu cultura de lleno. Hacé borrón y cuenta nueva de todo lo aprendido y empecemos a cambiar nuestro paradigma y crear nuestra propia realidad. Todo lo bueno está por llegar.

 

“CADA COMIDA ES UNA OPORTUNIDAD”

 

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