Claves para diferenciar el hambre real del emocional

 

En el cada vez más abultado universo del coaching ontológico, ya hace unos años que se escucha con fuerza el concepto de atención plena. Es un enfoque que nos invita a centrarnos en el presente y a transitar, con plena consciencia, lo que sentimos, razonamos y ejecutamos en cada momento.

Esa premisa, que busca conectarnos más y mejor con nuestras decisiones, la podemos trasladar fácilmente al momento en el que abrimos la heladera: ¿Cuántas de todas las veces que lo hiciste en el día pensaste por qué o para qué? ¿Tenías hambre, estabas aburrido, fue un picoteo social porque venía un amigo, era hora de un snack en tu planificación de comidas, acababas de cortar el teléfono con tu ex?

De esas respuestas (sobre todo de la honestidad con la que te las respondas) vas a poder deducir si realmente necesitabas comer o si estabas frente a un evento de hambre emocional.

Creéme que te vas a sorprender cuando descubras que son muchas más las veces que comés por un pedido del “corazón”; y esto sucede porque no somos seres puramente racionales, sino que en un principio nos gobiernan las emociones y después las pasamos por el tamiz de la razón.

¿Cuál es la diferencia más importante entre el hambre real y el emocional? Que el primero responde a una necesidad fisiológica, mientras que el segundo se manifiesta para solapar estados de ánimo, palabras no dichas o situaciones emocionales no resueltas. Justamente por tratarse de un recurso que muchas veces nos lleva al autoengaño, hay que estar con los sentidos bien alertas y recordar estas tres formas sencillas de reconocerlo.

 

*El hambre físico llega de a poco. El emocional, se manifiesta de golpe y no puede esperar.

*El hambre físico tiene una pronta saciedad, mientras que el emocional te hace sentir un barril sin fondo.

*El hambre físico no excluye alimentos: todos quitan el apetito. En el hambre emocional suele aparecer la necesidad de un tipo de comida en particular. Un antojo.

 

Este último concepto, el de antojo, es uno de los que más tenemos que poner en tela de juicio a la hora de trabajar sobre las emociones vinculadas a la comida, ya que solemos justificarlo con la idea de que “si el cuerpo me pide dulce, es porque lo necesita”. Cuando, en realidad, un antojo efectivamente habla de necesidad, pero la mayoría de las veces de una necesidad de calma, de equilibrio, y no de un requerimiento nutricional.

¿Por qué es importante descubrir y desarticular el hambre emocional? Por un lado, porque sus manifestaciones cotidianas nos pueden llevar a un círculo vicioso de malas decisiones y alejarnos del objetivo que estamos persiguiendo. Pero, sobre todo, porque cuando llega para tapar situaciones complejas, tal vez vinculadas a no haber roto mandatos dañinos, a no habernos revelado contra lo que no nos representa, al mal manejo de relaciones tóxicas o inclusive al mensaje reinante (desde lo familiar y lo social) de no crecer, el problema puede volverse más profundo y generar distintos trastornos de alimentación. Y estos, aún en sus manifestaciones más leves, son peligrosos para la salud.

Ya sabés: antes de tu próxima visita a la cocina, tomate un segundo y pensá en qué tipo de hambre te está ocupando la cabecita. Si es el emocional, es hora de trabajar sobre lo que te está pasando internamente y no solo sobre tu rutina de comidas.

 

Rercordá: Antes de cada comida, pensá en que cada comida es una oportunidad.